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19 de noviembre del 2017
Robinson Peña de La Fuente: El Top One de Las Frambuesas Orgánicas Del Mundo
Autor:
http://revistagrupoagro.cl/


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Bastante sinuoso ha sido el camino que ha debido recorrer este coihuecano de corazón para llegar a convertirse en uno de los productores y exportadores de frutos orgánicos más relevantes del mercado nacional y mundial.

En una amena y franca conversación nos contó su historia, sus vivencias y de cómo está logrando cumplir cada una de las metas que se propuso de niño, mientras cultivaba la tierra soñando con un futuro mejor para él y su familia.Desde el día en que nació Robinson Peña de la Fuente llamó la atención de quienes lo rodeaban. Era diferente. No sólo por el intenso color pelirrojo de su pelo, sino que también por una personalidad avasalladora, creativa, resiliente y ambiciosa. Eso sí, que ambición de la “buena”, ésa que lo ha llevado a superar sus orígenes humildes para convertirse en uno de los productores y exportadores de frutos orgánicos más destacados y prominentes del país con su compañía Organic Fruits Chile.

Hoy es el mayor productor de frambuesas orgánicas del mundo, puesto  que disputaba hasta hace poco con un californiano, y estatus confirmado por Felipe Rosas Secretario General International Raspberry Association y Director de Rconsulting SA –Chile.

El camino no ha sido fácil, ha sufrido caídas fuertes, pero ha tenido la capacidad de reinventarse y salir adelante. Hijo de Leonidas Peña y Nancy de la Fuente, este joven empresario nació en Coihueco  hace 35 años, siendo el mayor y único hombre de cinco hermanos. Su vida ha estado siempre ligada al campo y a la tierra, la  misma que ha moldeado su carácter.

Robinson se enorgullece al recordar cómo su padre se transformó de mediero a propietario, bajo el incondicional apoyo de su madre: “Tuve el privilegio de nacer, de criarme y formarme en el campo de una manera muy modesta y eso me enorgullece. Crecer con necesidades te ayuda y si a eso sumas una familia fuerte, dedicada  al trabajo, te vas formando como una persona que valora el respeto y la lealtad”.

Desde chico que quiso progresar y mejorar las condiciones de vida de su familia. “Desde que tengo uso de razón que admiro a las personas que les ha ido bien, al patrón, a los dueños de los campos… yo quería ser uno de ellos”, confiesa con algo de nostalgia.

A los 8 años comenzó su primer negocio, vendiendo porotos a los profesores de su colegio en Coihueco. Con el capital reunido, entre los 10 y los 12 empezó a comprar animales y vendía la carne con grandes utilidades.

A los 10 años continuó con los emprendimientos y pidió prestado al patrón un pedazo de tierra en el que sembró ajos, cebollas, papas y porotos que vendía. Al terminar la enseñanza básica tuvo que dejar su tranquilo Coihueco para irse a la Escuela Industrial de Chillán donde estudió Técnico en Construcción Metálica: “Era sacrificado, me levantaba a las 5 de la mañana y volvía  a la casa como a las 8 de la noche. Fue duro, pero se me abrió el mundo en Chillán y me di cuenta de todo lo que me quedaba por descubrir”, asegura.

Al poco tiempo su olfato visionario lo llevó a dar un gran paso. “Cuando llegué a Chillán a los 13 años me di cuenta de la economía de escala y que el volumen era la clave para seguir creciendo. Aprendí que la plata llama a la plata y que mientras más masivo fuera el negocio, iba  a generar más volumen y más dinero”.

Por aquella época la familia accedió a un subsidio rural y se cambiaron a una parcela. Por primera vez Robinson tuvo su propio dormitorio, en el que guardaba sus ganancias escondidas en un baúl. “Cuando nos fuimos a la casa nueva tenía alrededor de 7 millones de pesos avaluados a esa fecha, producto de la ganancia de los negocios que hacía y cerraba mi pieza con un candado. Mi papá empezó a sospechar, así que se metió a mi pieza, encontró la plata y me retó porque pensó que andaba metido en algo malo”, cuenta.

Garra y ambición
A pesar de sus incipientes éxitos en el mundo de los negocios, Robinson no lo pasó bien en su adolescencia. Su peculiar color de pelo y las pecas que caracterizan a los “colorines” y  lo huaso que era, le reportaron más de un mal rato. Sufrí tanto bullying, me molestaron tanto que lloraba de impotencia. Eso mismo me llevó  a querer cambiar el destino de mi vida, pensando en mi familia, en mis vecinos y en aportar a una comunidad entera. Me propuse cambiar mi realidad  y la de mi entorno y demostrarle a los molestosos que con lealtad, trabajo, respeto y humildad se podía salir adelante”.

En esos años se levantaba  las 4 de la mañana para cargar un coloso con remolacha junto  a su padre antes de partir a clases. A las utilidades del negocio de la “carnicería” se sumaron las ganancias que obtuvo al hacer los trabajos de manualidades de sus compañeros, llegando a obtener un capital importante. Sabiamente su papá lo obligó a invertir esos fondos y compraron un pequeño terreno y luego arrendaron otro. Así, Robinson Peña creó su primer huerto de frambuesas sólo con la ayuda de un caballo. Cuando vendió la primera cosecha se dio cuenta que era un negocio rápido y más rentable que la carne. Para recoger la fruta usaba una destartalada camioneta que le prestaba un tío y fue durante esos recorridos en que entendió que para crecer había que ser el intermediario entre los pequeños productores y los grandes compradores.

Literalmente “con las patas y el buche” llegó hasta la Gerencia de la Frutícola Olmué para ofrecer frambuesas en la temporada siguiente. Como era de esperar no fue atendido, hasta que volvió acompañado por don Leonidas, su papá. “Yo le había explicado muy bien lo que tenía que decir y ofrecimos entregar 200 cajas de frambuesas, pero como no me pude quedar callado me comprometí con 300 cajas, mientras mi papá me pegaba patadas por debajo de la mesa”.

De regreso en Coihueco y arriba de una bicicleta visitó a cada uno de los pequeños productores para pedirles que le vendieran su producción, recibiendo sólo negativas. Nuevamente su padre lo acompañó, logrando generar la confianza de los agricultores, sumado a la inversión que hizo al facilitarles el capital necesario para el cultivo junto a un plan de manejo para cada uno de ellos. “Esa vez compré el 90 % de la fruta de Coihueco y le volví a pedir la camioneta a  mi tío para entregar las frambuesas. Hubo gente que se enojó conmigo, otros creyeron que no iba  pagar, pero fue todo un éxito”. Para la siguiente temporada Robinson ya tenía un camión y había arrendado más terrenos para plantar sus propios huertos.

A los 19 años y tras una fallida sociedad con don Leonidas comenzó a explorar el cultivo orgánico. “Con mi papá tratamos de trabajar juntos, pero pensábamos muy distinto. Él tenía mucho miedo a arriesgarse y a innovar y nos separamos. Como la competencia empezó a copiar mi modelo de negocio me di cuenta que estaban dejando de lado lo orgánico y yo dije voy a cultivar a lo natural, sin pesticidas. Todo el mundo se salía de lo orgánico y yo sólo pensaba en certificar”. Por aquel entonces, el patrimonio de Robinson ya era de 10 hectáreas.

Resilencia e innovación
Con una diferencia a favor del 20% en el precio de mercado con respecto a los tradicionales, los cultivos orgánicos de Robinson Peña comenzaron a subir como la espuma. En 2007 ya tenía 100 hectáreas plantadas e iría por más.

Al comprar el fundo donde actualmente funciona Organic Fruits Chile a un amigo, Monathy Rodríguez, que vive en Estados Unidos, aceptó la invitación de viajar a Miami para conocer cómo funcionaba el mercado. “Aquí era invierno y llegué a Miami con camisa de franela, manta de castilla y bototos…cuando salí del aeropuerto  me di cuenta del calorcito que hacía allá”, recuerda entre risas. Una de las primeras salidas en tierras norteamericanas fue ir al supermercado para ver donde estaba su fruta. Casi me morí cuando vi que allá vendían  a 8 mil pesos el kilo de frambuesas que acá pagaban a 800 pesos…¡Me volví loco de rabia, no lo podía creer!…fue tanto que me echaron del supermercado”.
Después de 18 días en la cálida Florida estadounidense Robinson no sólo volvió con un  cambio de look que lo hizo irreconocible incluso para su señora, sino que también con su cabeza llena de ideas y proyectos. “Empecé a indagar en el tema del frío y me di cuenta que por la trazabilidad de la fruta todos conocían mi nombre en Estados Unidos. Busqué un socio al que le ofrecí el 12% de la compañía  y me focalicé en darle un valor agregado a mi fruta y  a soñar con exportar”. Así nace Organic Fruits Chile con el primer frigorífico construido en 2008 tras una inversión de 900 millones de pesos y con la Frutícula Olmué como su primer comprador.

Todo iba bien hasta que el terremoto del 27 de febrero de 2010 desmoronó las bases de la empresa, las que ya habían sido debilitadas por un desorden financiero que Robinson Peña reconoce y asume. De ahí hasta las próximas dos temporadas todo lo que había construido comenzó a sufrir una vertiginosa caída. “Fue un periodo muy complejo; desarmamos la sociedad y estuve a punto de la quiebra. De la noche a la mañana no tenía nada, perdí casi 3 millones de dólares y caí en una gran depresión”. Y es que no sólo el patrimonio económico estuvo en crisis, también lo más preciado para Robinson, su matrimonio y su familia, sufrieron los embates de este duro golpe. Pero una vez más el carácter aguerrido que lo caracteriza, junto al apoyo de su gente de confianza y en especial de dos incondicionales colaboradoras y amigas -Yeniffer Ferrada y Catherine Quezada-, encontró la forma de sortear los obstáculos que le deparaba el destino.

Con el apoyo financiero de Juan Sutil, actual Presidente de Frutícola Olmué, logró dar el primer paso y negociar las deudas. “Cuando pudimos pagar sueldos pendientes, proveedores y otros compromisos apareció el banco holandés Rabobank Nederland que vio el potencial que teníamos y recibí un préstamo por 1.000 millones de pesos”. Desde ese entonces, parece que los astros se han alineado en favor de Robinson y Organic Fruits Chile ha registrado un crecimiento sostenido y sólido con un patrimonio activo de 600 hectáreas repartidas en cultivos orgánicos de frutillas, frambuesas, arándanos y moras.

Consolidación y desafíos
Desde su regreso a las pistas en 2012 Robinson sigue igual de apasionado que a los 12 años, pero con la madurez y sabiduría que la vida misma se ha encargado de enseñarle marcando a fuego su carácter. “Estamos en una etapa de planeo y de tranquilidad en busca de la consolidación”, afirma.

A pesar de los éxitos, de liderar el mercado del cultivo orgánico de frambuesas y frutillas, llegando a mercados como Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda  y Europa  y de contar con más de mil trabajadores, la humildad aún trasunta cada una de sus palabras y acciones.

A la hora de preguntarle cómo se define en esta etapa de su vida asegura que “Yo me siento como un emprendedor visionario…no como un empresario, me falta mucho que aprender, que vivir y que hacer para llegar a  ser un empresario. Soy un tipo transparente, leal, extrovertido que valora y cuida a sus cercanos”.

Si bien está constantemente pensando en nuevos emprendimientos, su proyecto más importante son sus cinco hijos y su matrimonio con Adriana Merino, su compañera desde hace 12 años. Alexandra (15), Natalia (14), Daniela (10), Vicente (8) y Julieta de 7 meses son los frutos que más cuida este agricultor. “Mi gran desafío es criar hijos exitosos, que valoren las cosas, que sean personas respetuosas y generosas”. 
Por ahora, este inquieto “colorín” disfruta de la vida, de los amigos y de las cosas sencillas, sin olvidar jamás el duro camino que de niño debió recorrer para llegar a convertirse en el reconocido agricultor y, -aunque no le guste- empresario que es hoy día.  CO

 

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