PRODUCCIîN ORGçNICA Y POLêTICAS PòBLICAS EN MƒXICO[1]

 

A paso lento, en los œltimos 20 a–os la actividad org‡nica ha crecido de manera constante, segœn varios autores al 25% anualmente, al paralelo que el consumo de sus principales mercados, el norteamericano y el europeo. El mercado nacional empieza a tomar importancia y al parecer a las autoridades mexicanas en materia rural, a paso mas lento, reconocen la importancia de los org‡nicos. Con la oportunidad del espacio que amablemente me brinda Cultura Org‡nica unas l’neas de reflexi—n sobre la situaci—n del momento.

 

De acuerdo a la CONABIO[2] la sociedad mexicana obtiene bienes esenciales de los sistemas naturales como alimentos, forraje, madera y productos farmacŽuticos. Estos bienes representan una parte importante de la econom’a nacional y de la de autoconsumo de no menos de 20% de la poblaci—n del pa’s. Lo que hasta ahora ha sido poco apreciado es que los sistemas naturales tambiŽn proporcionan servicios fundamentales para el mantenimiento de la vida en el planeta. Estos servicios incluyen la captura de bi—xido de carbono del aire, la captaci—n y purificaci—n del agua de lluvia, la regulaci—n del clima, la regeneraci—n de la fertilidad del suelo, la producci—n y el mantenimiento de la biodiversidad, de la que se obtienen las materias primas al principio mencionadas

 

Por desgracia, esta misma instituci—n se–ala que si bien, la transformaci—n de los ecosistemas ha generado importantes beneficios econ—micos y sociales, ha provocado la pŽrdida de biodiversidad y de otros servicios ecosistŽmicos cuyos costos no han sido valorados hasta ahora. En MŽxico los costos monetarios del deterioro ambiental (incluyendo los desastres naturales) representan un promedio anual en el periodo 1996- 2003 de aproximadamente 10.36% del PIB.

Actualmente, la agricultura y ganader’a convencionales, continœan desarroll‡ndose a partir de paquetes tecnol—gicos basados en modelos que privilegian el uso de agroqu’micos y energ’a f—sil en las pr‡cticas productivas. La eficiencia ambiental de estos paquetes es negativa y la econ—mica depende de los costos de producci—n asociados al mercado internacional de energŽticos, en especial el precio del petr—leo, lo que los hace muy vulnerables. Muestra de ello, es que existe un incremento en los apoyos y subsidios destinados a este tipo de productos, justificados en los f‡ciles incrementos en rendimientos que se logran con su uso, aœn en menoscabo de la sostenibilidad de los sistemas productivos.

A cambio, la producci—n org‡nica tiene por lo menos tres atributos que deber’an otorgarle un mejor nivel en las prioridades de las instituciones relacionadas al campo en MŽxico: 1) Agrega valor al territorio, ya que elimina el uso de productos con residualidad peligrosa para suelo y agua, principales patrimonios de los campesinos; reduce el efecto extractivo que implica la producci—n y una vez certificada el ‡rea, tiene un mayor valor, por que sus productos tambiŽn tienen mas valor. 2) Capitaliza la fuerza de trabajo, ya que labores como el control de malezas o deshierbe y la elaboraci—n de sustitutos de insumos qu’micos se hace a base de fuerza de trabajo, que se pagan gracias a los mejores precios que reciben los productos org‡nicos y 3) Distingue sus productos, con un atributo de calidad que se lleva a lo largo de toda la cadena productiva, condici—n que coloca en el terreno de un nicho de mercado su venta, en una condici—n de precios mas estable y un sistema menos dependiente de nuestros vecinos del norte, sobre tecnolog’a e insumos y respecto a la carrera dispar por los volœmenes.

 

Luego de a–os de lucha, de foros y reuniones, finalmente el Gobierno Federal emite un Ley para la producci—n org‡nica y crea, el Consejo Nacional sobre el tema, con un estilo que nos hace recordar mecanismos antidemocr‡ticos del pasado reciente. La experiencia lo muestra, este tipo de pr‡cticas solo conducen a deslegitimar el espacio y a reducir su efectividad.

 

Por lo que hace a la Ley es urgente desatorar el reglamento para hacer valer sus preceptos y dar tratamiento espec’fico a esta forma de producir que por todo lo dicho, deber’a ser del interŽs pœblico. Es sabido que el freno del reglamento es el asunto de la exclusi—n expl’cita de los de los transgŽnicos, al respecto un punto de vista: El consumo responsable es la œnica posibilidad probada de que la globalizaci—n tome rumbos mas equitativos, que se tengan formas de convivencia menos violenta a la que ahora sufrimos, como el efecto mas lacerante de que el modelo no funciona as’ como va. Los transgŽnicos crean dependencia por siempre de Don Monsanto y otros miembros de las nuevas realezas, las de los muy pocos ganadores a costa de los muchos perdedores. Lo org‡nico supone un buen futuro para los que la consumen y para los que la producen, para que dure, para que los suelos y agua permanezcan. No es compatible con un reconocimiento de org‡nico, el de productos que no se sabe a ciencia cierta que no pudiera causar da–o su consumo prolongado y sobre todo que pone en riesgo uno de nuestros mas atesorados patrimonios colectivos: el germoplasma del ma’z. Tal vez la especie nativa mas vers‡til e importante para la humanidad actualmente.

 

Es a todas luces inconcebible que nuevamente se abra paso al espejismo minero de la neo-revoluci—n verde, contrariamente a lo que piensan nuestras autoridades federales en la materia, la oportunidad de nuestro pa’s es la calidad, el ser originarios, el ofrecer productos sanos, org‡nicos: alimentos de calidad para un mercado de calidad, esa es nuestra ventaja potencial, no los grandes volœmenes que solo benefician a los due–os de las mega-compa–’as, las mismas ya rechazadas en la India y Europa. El œnico futuro mejor posible as’ es el de las minor’as, es decir un futuro desigual, inestable.

 

TambiŽn es dif’cil de creer que nuestras autoridades nuevamente busquen que nuestro esquema de regulaci—n para la certificaci—n org‡nica se asemeje mas al norteamericano que al europeo, cuando a todas luces el segundo es mas avanzado. En las propuestas de lineamientos generales y en el reglamento, persiste la intenci—n de que el gobierno federal pueda certificar, como los norteamericanos, en lugar de regular la calidad de los servicios de certificaci—n de las agencias privadas como los europeos. Habr’a que preguntar a los que est‡n detr‡s de esta idea si no tenemos suficiente experiencia de que cuando se estatizan los servicios de supervisi—n, inevitablemente se vuelven burocr‡ticos, corruptos e ineficientes. Que significan una competencia desleal para los organismos de acreditaci—n privados a los que se deber’a de regular para que presten un servicio de calidad. Lo hemos dicho en los foros de consulta, sin que al parecer se registre en las minutas y conclusiones: en el tema de certificaci—n de producci—n org‡nica se requiere de un ‡rbitro, no de otro jugador. En MŽxico las instituciones cambian cuando los partidos en el gobierno cambian, no son estables, no se le debe asignar las funciones que la sociedad civil organizada puede conducir. Hasta ahora en la ausencia negligente de una Ley Mexicana, la producci—n org‡nica en nuestro pa’s se ha basado en las normas y reglamentos europeos, porque un giro ahora.

 

Ni uso del fuego, ni cambio de uso del suelo, ni qu’micos, ni transgŽnicos pueden ser aceptables como org‡nicos, por que comprometen un futuro equilibrado y duradero; cuanto tiempo necesitaremos para entender como sociedad, en este tema, en el de la conformaci—n del Consejo y en la decisi—n del papel del Estado para regular la certificaci—n, que sale mejor hacer las cosas bien, abiertamente, sin dados cargados ni dobles intenciones. Como hacer que las decisiones de nuestras autoridades procuren una sociedad mas horizontal, menos abusiva, menos deteriorante, con mas ganadores y menos perdedores.



[1] Ing. Mauricio Soberanes Hdez. 2009. Gerente General de MŽxico Tradici—n Org‡nica. Agencia certificadora (www.metrocert.com) msoberanes@metrocert.com

[2] Comisi—n Nacional para el conocimiento y uso de la Biodiversidad. 2006